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Horror Rewind: mentes fracturadas, películas rotas
El estrangulador de Boston / Carretera perdida
Por Covadonga G. Lahera
Cuando Fred Madison (Bill Pullman), el saxofonista celoso de Carretera perdida (Lost Highway, David Lynch, 1997), quiso ser otro, ya era demasiado tarde. Aunque él todavía no lo sabía. Fred se fugó de su cabeza y se disfrazó de Pete, un joven mecánico de taller con oreja afilada también: “La mejor oreja de esta jodida ciudad”. La reescritura de Fred, el duplicado que envuelve con cuché de cuento erótico, termina ahogándose en una espiral de pasillos oscuros, interferencias, arquitecturas enfermizas y echando por tierra su “me gusta recordar las cosas a mi manera. Las recuerdo a mi modo. No necesariamente como pasaron”. Al final (pero también al principio) el espejo le devuelve la imagen que rechaza de sí mismo. El tacto de las cortinas rojas no es el del terciopelo y entonces cruje el filme y se rompe.
En El estrangulador de Boston (The Boston Strangler, Richard Fleischer, 1968), el encontronazo de Albert DeSalvo (Tony Curtis), padre de familia y reparador de calderas, con el otro que le habita, el temido estrangulador de Boston de los sesenta, genera también una fractura en su cabeza, ya desdoblada por una esquizofrenia de libro. A diferencia de la expuesta por Lynch, una fisura psíquica autoinducida por el protagonista, la que expone Fleischer es motivada por el agente externo John S. Bottomly (Henry Fonda): “Quiero comparar sus recuerdos con los hechos ocurridos”. Y la diferencia más sustancial, pero que simultáneamente permite la fricción entre ambos filmes: mientras Fred huye de un recuerdo y niega sus actos a través de la imaginación, Albert quiere saber qué se halla detrás de sus sospechas y de las de los otros y acude, recibiendo asistencia pero voluntariamente y asumiendo los riesgos, al choque con el otro que le habita.
Dos mentes enfermas (cada una a su manera), dobles nudos cuadrados, dos representaciones rotas y dos puestas en escena que divergen y convergen para hablar de la impotencia. Fleischer empieza rompiendo la imagen en muchos cuadros. Lynch rompe la carretera y su película es de pronto dos películas que hablan monstruosamente entre sí y dos mujeres con el mismo rostro. Fleischer parte del todo, de la crónica social documentada, y decide desviarse repentinamente para –en un acto responsable que busca respuestas “más allá”- desembocar en la parte, solidarizarse y observar un proceso: la representación de un flashback inducido y de cómo una cabeza se queda ciega en una habitación blanca. Tanto Carretera perdida como la cabeza de Albert: 2 X 1 / dos en una.
Cuando en Carretera perdida las orejas vuelven a ser las del trompetista de free-jazz y no las del mecánico, la vía infinita nos devuelve al comienzo y “Dick Laurent ha muerto”. Mientras, en El estrangulador de Boston, Albert ya ha dado los últimos pasos y se ha topado con el letal asesino dentro de su propio cuerpo: “Una definición válida de la locura es no estar en un manicomio”. Irreversible: tan terrible encuentro taponará sus oídos para siempre y el sonido exterior ya no volverá a transitar por el aire para él. El encuentro entre el monstruo y el padre de familia ha sido devastador. El cielo crujió, se rompió y solo quedó entonces el silencio. Ya ven: a veces el horror es un rebobinado.
